84 circuitos, ninguno repetido
Cada prueba tiene su propio trazado. Setenta y siete carreras, siete exámenes de licencia y cinco campeonatos, con tres estrellas que sacar en cada una: ganarla, bajar del tiempo y bordarla.
Sales el último, pierdes por poco, ves qué te falta, compras la pieza y vuelves a ganar. 84 circuitos y ninguno repetido.
Toda la parrilla por delante —hasta quince rivales— y tráfico de verdad en medio. Dónde termines no es una nota abstracta: es la ficha de tu garaje. No hace falta que un menú te diga que te falta motor, se ve en la recta.
Entonces vas al taller, miras qué barra está corta, compras la pieza y vuelves. Ése es todo el juego, y es lo que los juegos de coches dejaron de hacer hace treinta años.
Se juega con una mano y sin conexión: el acelerador es automático y tú solo decides cuándo girar y cuándo gastar el nitro. Es offline de verdad: la campaña entera cabe en el móvil —en el metro, en el avión, en modo avión— y solo los marcadores mundiales piden red.



Ocho mejoras con seis niveles cada una: motor, turbo, frenos, nitro, llantas, suspensión, aerodinámica y chasis. Aquí el tuning no es una barra que sube en un menú: cada nivel cambia cómo conduce el coche, se nota en la primera curva, y la ficha técnica te lo cuenta en kilómetros por hora, segundos, G de agarre y metros de frenada.
Cada prueba tiene su propio trazado. Setenta y siete carreras, siete exámenes de licencia y cinco campeonatos, con tres estrellas que sacar en cada una: ganarla, bajar del tiempo y bordarla.
Estrenar un chasis no te quita el anterior: se queda en el garaje con su tuning puesto, tal y como lo dejaste. Nunca vas a perder veinte carreras de ahorro por cambiar de coche.
Siete letras, de la F a la S. El examen es una vuelta limpia por debajo de un tiempo, sin tocar un muro y sin que cueste una moneda. Tener dinero y saber conducir son dos cosas distintas.
El daño no se cura al cruzar la meta: se arrastra hasta que pasas por el taller. Conducir limpio es dinero y el derrape sale caro, porque gasta neumáticos. Se puede correr roto: es tu decisión, no un castigo.
Nada se queda inutilizable quince minutos. Ningún contador se recarga con la aplicación cerrada. Es una línea roja, no una promesa de lanzamiento.
Reto del día, con el mismo trazado y el mismo coche para todos y una marca mundial que batir. Y un diario mundial: un circuito nuevo que nadie ha entrenado, contra el fantasma del líder.
Del puerto de Vigo al desierto de Almería, del óvalo de Indianápolis a la montaña australiana, pasando por México, Brasil, Japón, Alemania, Italia, Francia y las calles de Londres. Con puentes elevados, túneles y lluvia que deja charcos y cambia el agarre.
Seis coches en escalera, del utilitario de barrio al monoplaza de ruedas al aire. Cinco cámaras —dos cenitales, una inclinada, otra tras el coche y la cabina con su salpicadero— y dos formas de conducir: dos zonas táctiles, o girar inclinando el móvil como un volante.


La regla es de una línea: si cambia cómo corre, se gana jugando. Si solo cambia cómo se ve, se puede comprar.
Las pinturas y las sesenta pegatinas son estética pura —uno rosa corre igual que uno negro— y van donde tú quieras: capó, techo, costado o trasera. Ninguna compra abre un trazado, un chasis ni una licencia.
Hay anuncios, y jamás durante una carrera. Los que dan premio los pones tú, y se quitan todos con una compra.
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Gratis, sin conexión y sin esperas. Se juega hasta que tú quieras.
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